“Nada del otro mundo o la poética del lector”.

“[Una] legión oculta de lectores, de
inventores y de oyentes de historias que justifican el trabajo de escritor y le
dan esa dimensión enigmática”.[1]
Cada autor es, nos dice Antonio
Muñoz Molina, un “lector pasional y despiadado”2,
dando cuenta, a un tiempo, de su devocional y autoexigente dedicación a la
creación literaria, y de esa dualidad que, indefectiblemente, lo configura como
hombre y escritor, esto es, la de emisor y receptor, con respecto al objeto
artístico; a través de tan sintética cita podemos intuir la capitalidad que,
como creador y devorador incansable de piezas literarias, tiene la actividad
lectora en toda la obra del ubetense, constituyendo, de hecho, una presencia
inamovible y obsesiva, y dando lugar, consecuentemente, a un ideario en cuyo
núcleo tal presencia se erige.
En
este sentido, creemos interesante acometer el análisis de una de sus obras, en
concreto Nada del otro mundo
(Madrid, 1993), tomando como enfoque la incidencia que, en tal colección de
relatos, tiene la figura del lector a todos los niveles y planteando, según
estas coordenadas, las directrices compositivas del autor; este propósito hacia
el cual nos dirigimos -tras el deleite innegable que supone la inmersión en una
narrativa como la suya-, se halla doblemente estimulado, por la tendencia
autocrítica del propio escritor y por las interesantes consideraciones que el
panorama filológico ha propuesto sobre su bibliografía.
Sin
embargo no es esta faceta cuentística la más conocida del autor, quizá por su
pronta irrupción inicial en el mapa literario nacional como novelista- aunque
su primer libro publicado fuera un conjunto de artículos titulado El Robinson urbano (Granada, 1983)- y
por las dificultades editoriales que atraviesa el producto literario “de
calidad”3 en general, siendo particularmente el
cuento una de las tendencias más afectadas.
En efecto, y a pesar de que este
género –como coincide la crítica4- se ha
cultivado mucho en los últimos veinte años, el cuento lidia todavía con un haz
de desprestigio e indiferencia, por parte de las comunidades lectora y
editorial en recíproca actitud, que hunde sus raíces en la dotación a dicho
género de una finalidad tradicionalmente menor, en una confusión conceptual
–terminológica-, desde el inicio, y en su propia naturaleza heterogénea,
versátil; se habla de una revitalización a partir de la década de los 805, impulsada por la iniciativa de
diversas editoriales, cuyo número ha ido disminuyendo paulatinamente, dada la
ausencia de demanda hacia un cauce genérico que si bien, por su brevedad y
tendencia al efectismo, conecta con una sociedad demasiado práctica y
racionalista, por la complejidad que entraña, precisa de un lector más atento
y, en este sentido, espiritual6. Sin
entrar en una disquisición acerca del asunto –ya que excedería los límites que
impone la temática del trabajo-, sí debemos añadir que tal “vacío” se
encuentra, de forma indirecta, relacionado con los estertores de esa corriente
socio-cultural a cuyas filas algunas facciones de la crítica han adscrito a
Muñoz Molina contra la propia voluntad de éste7,
nos referimos a la posmodernidad por lo que ésta tiene de evasión gratuita y
frívola, y de consecuencias mercantilistas, rasgos que incurren en el consumo
de una literatura ligera y de una masificación de autores no siempre valorados
en su justa medida8; militante o contrario
–en este caso, lo segundo-, en tal espectro contextual de “mass media” como
casi exclusivo vehículo de cultura e imperialismo creciente se halla nuestro
autor a lo largo de los diez años (1983-1993) en que se van elaborando los
relatos de este libro, siendo incluido, así, por la crítica bajo la
etiqueta de los “nuevos narradores”9, título que también rechaza el autor natural
de Úbeda (“[no] me creo ese cuento de la nueva
narrativa en el que a pesar mío más de una vez se me ha incluido”- las
cursivas son nuestras-)10.
Frente
a esta situación general, dominada por el “todo vale” y, cuando menos, por una
desigual mixtura cualitativa de autores, Muñoz Molina propugna el regreso a una
literatura de esfuerzo (“detesto la improvisación [por ser] presuntuosamente
espontánea”)11 –aunque no exenta de
ese “hallazgo fortuito necesario”-, a una conciencia de la memoria histórica y propiamente
artística, a la concepción del hecho literario como manifestación esencial de,
por y para la humanidad, a un retorno, en suma, hacia el origen de ésta
mediante el ejercicio simultáneo de creación y recepción, en perpetua actitud
humilde de aprendizaje (“[literatura como] aprendizaje que está siempre
empezando”)12.
Nos
hallamos, por tanto, ante una literatura de indudable preocupación estética,
pero concebida, en la misma medida, como contacto con la sociedad circundante
y, en fin, con el colectivo receptor de todo tempoespacio (con todo, “no es
indecoroso escribir pensando en un solo lector [real] porque [los buenos
libros] parecen estar escritos para nosotros [estemos o no en las mismas
coordenadas espaciotemporales]”13.
Con
respecto a las corrientes sucesivas y paralelas de los últimos años, Muñoz
Molina se siente más cercano a esa literatura que, a partir de los 70, se
propone “no llegar a ningún extremismo recupera[ndo] el placer y el gusto de
contar sin olvidar ni despreciar los logros estilísticos, técnica y narraciones
conseguidas hasta la fecha”14;
Andrés Soria Olmedo destaca cómo también se nutre nuestro autor de esa apertura
producida en los 60 y los 70 hacia la tradición15.
Es preciso puntualizar aquí que tales preferencias no conllevan, de ningún
modo, la cerrazón del escritor hacia las subsiguientes innovaciones generadas
en el panorama, sobre todo por el hecho insoslayable de que él mismo es uno de
los máximos exponentes de la literatura actual al más alto nivel, todo un
clásico que aún no ha cumplido los cincuenta. Ya en la niñez, dada la situación
del país, el autor –que se vio dividido, sin acceso a libros pero con unos
padres de ideología progresista, republicana16-
afirma que “me inventé mi propia tradición”17.
La
trayectoria creativa de Muñoz Molina, siempre a caballo entre la literatura
propiamente dicha y el oficio de periodista –ambas actividades siempre
nutriéndose recíprocamente18-,
conforma un todo, huelga decirlo, coherente y prematuramente maduro desde los
inicios, en el cual la publicación de “cuentos” se sitúa en un número inferior
al de las compilaciones de artículos, conferencias o prólogos a distintos
títulos y las novelas, predominantes en difusión y reconocimiento, siendo, a
pesar de ello, una auténtica sorpresa para el conocedor (o profano) de sus
obras más leídas; por tanto, Nada del
otro mundo(1993) constituye casi un islote dentro de esta producción,
viniendo, eso sí, precedida de Las
otras vidas (Mondadori, 1988), conjunto de narraciones breves en el cual
hallamos tres que pasarán a engrosar la colección de nuestro libro, y una más
(“Te pegaré sin cólera”) que será excluida del mismo.
El
proceso compositivo de estos relatos transluce el carácter marginal –por lo que
respecta a su intermitencia y escasez en la frecuencia, al menos, de
publicación- que éstos tuvieron en sus años de configuración (“se escribía
lentamente e invisiblemente [...] según azares de ocurrencias y encargos [siendo] un libro de relatos que comenzó sin
que yo supiera que empezaba y que se ha concluido a sí mismo con igual sigilo”19); sin embargo -contra todo pronóstico,
dada las circunstancias de creación-, la colección constituye un todo
sorprendentemente ensamblado, en el que, como consecuencia, reina una
sorprendente lógica de conjunto, la cual ya ha sido puesta de manifiesto por
Ana Rodríguez-Fischer (“lo que resulta más llamativo es la pertenencia común,
la indiscutible unidad de un libro escrito, de modo tan fragmentario y azaroso
y a lo largo de tan dilatado periodo de tiempo”20),
y que analizaremos en lo sucesivo.
La
colección de relatos se enmarca, pues, en una década crucial en la que el autor
vive una vertiginosa subida de publicaciones y galardones, que alcanzará su
cénit en la ocupación de esa “u minúscula” en la RAE desde 1996; la creación de
estos “cortes transversales”- que suponen las
narraciones breves21- a
partir de tan pronta fecha, reitera esa inusitada madurez y la consolidación
–no por parálisis sino por inmediata posesión de una voz propia e
inconfundible- del escritor, aunando los trazos esenciales de toda una
concepción humana y artística en movimiento (por una arraigada creencia en el
“continuo hacerse” y, en particular, con respecto a estos años, por la
evolución de la cual esta obra- como crisol de todas sus facetas humanas y
creativas- es impagable testimonio).
Una
vez trazada, a grandes rasgos, las circunstancias vitales y creativas en que se
compone esta indispensable recopilación cuentística, adentrémonos en el
apasionante y laberíntico recorrido que contiene Nada del otro mundo, siguiendo el rastro de esa concepción de la
literatura como diálogo necesario con el lector en una marco tan peculiar como
el del cuento hacia el fin último de establecer una visión completa del ideario
creativo –valga la expresión- muñozmoliniano. Para ello, realizaremos un
itinerario detenido y lo más conciso posible, desde el análisis sobre los
textos hasta la extracción del planteamiento que da pie a los mismos, empleando
el material crítico que sea pertinente.
Ya
en el título de la colección, se plantean las claves fundamentales –tanto en lo
temático como en lo expresivo- que
cohesionan íntimamente toda la serie, iniciándose así la comunicación con el
lector, siempre mediante un juego continuo de “táctica y estrategia”, que diría
Benedetti. Con el solo acercamiento a la cobertura o plano externo de la obra,
nos percatamos de la ambigüedad que transpira ésta bajo la elección de sus
primeros acordes (el título), en un principio, una simple frase hecha y muy
empleada en el habla coloquial; así, este epígrafe nos invita a esperar, por un
lado, la recreación de un microuniverso de lo cotidiano y, en el reverso, un
pálpito desconcertante- debido a ese “otro mundo”- que choca frontalmente con
nuestra primera percepción. En cualquier caso, dada la dilogía de la expresión
como totalidad y la consecuente ambigüedad que asimismo suscitan sus partes, la
expectación ya ha sido creada en el lector, por lo que, con un mínimo de
sensibilidad, de interés, no podrá por menos que internarse en la lectura de
estos doce cuentos –emplearemos este concepto genérico a pesar de la excepción
que, como reitera la crítica, supone el primer relato, más cercano a la
“shortstory”22. Tal inquietud inicial
se verá reforzada si se conoce previamente la importancia esencial que en la
obra del jienense tiene la invención del título, como veremos más adelante. De
hecho, en un siguiente paso- en este camino de fuera hacia dentro-, la primera
revisión de los doce epígrafes que encabezan los relatos, delata ese “doble
movimiento de atención a la realidad y de entretenimiento a las consecuencias
sorprendentes o misteriosas de haberse asomado a otras vidas [...]”23 y atisba la profunda coherencia
estructural del libro, visible desde la mera repetición de un léxico vinculado
a lo terrorífico (“La colina de los sacrificios”) o, cuando menos, a lo
fantástico (“El hombre sombra”), hasta la dimensión paranormal que, ya
sugestionado el lector con la tónica general, encuentra en los guiños de
intertextualidad semiótica (en “Extraños en la noche” y “Si tú me dices ven”,
con la música y “La gentileza de los desconocidos”, con el cine y el teatro);
finalmente, será en los textos donde se ratifique la íntima relación del título
con la obra, ya en el plano más superficial de la recurrencia textual–se
repiten los propios “nada”, “otro mundo” e incluso el título completo, así como
construcciones derivadas o despliegue de términos pertenecientes al campo
léxico del miedo- pero, también, en el sentido profundo de las tensiones, en
esencia, entre lo objetivo y lo imaginado o percibido por vías alternativas al
entendimiento; tanto este repertorio de connotaciones textuales como tal
dicotomía conllevan necesariamente la presencia de un enigma sometido a un
silencio que precisa del lector para dar sentido completo al texto en ese
camino hacia la actualización del mismo que es la lectura.
Sin
más dilación, iniciamos el análisis de esta obra que, por esa perfecta
sincronización estructural en la que incluso se van conectando los distintos
relatos, da lugar, no a una aglomeración de piezas autónomas- aunque en sí
mismas lo sean-, sino a todo un sistema de interrelaciones.
En
el ámbito externo se halla el lector histórico o destinatario real del mensaje
expuesto por el narrador, situándose este último, en ocasiones, fuera de la
trama o como personaje real en la acción de la misma; tanto el narrador externo
(omnisciente o cuasi- omnisciente) como el narrador- personaje (en calidad de
testigo o protagonista mismo de la historia) además de una tercera clase que
veremos en lo sucesivo, reciben el magisterio, las destrezas, del propio
escritor, si bien enmascaradas, en su procedencia, con el rostro de un ser más
o menos cercano a éste; de hecho, el conocedor de la trayectoria vital y
reflexiva de Muñoz Molina encontrará a cada paso referencias autobiográficas
que, en efecto, suponen una nada desdeñable herramienta de estudio, pero que no
merecen una fiabilidad superior a cualquier otro dato, ya que debe ser la
capacidad generativa del propio texto, con la subsiguiente indagación hacia lo
más recóndito del mismo, lo que nos provea de su sentido último.
Volviendo
a la línea central de nuestro discurso, sea cual fuere el punto de vista
adoptado, -el autor dice preferir, y en Nada
del otro mundo lo vemos, la tercera persona por ser la “más desconocida
y sospechosa”24- el narrador, siempre
muy presente, constituye una trinidad esencial (yo escritor, yo personaje y yo
lector ideal –él mismo y el receptor modelo-)25
que, no obstante, necesita, para su plena expresión, de un lector histórico, ya
que “cuando escribe sólo está haciendo la mitad de un trabajo que ha de
culminar y cobrar vida en la imaginación del lector”26, sobre todo, si tenemos en cuenta, que
para Muñoz Molina, el propósito axial del escritor es “la difusión de la
literatura”27. En ese espacio de
encuentro (“el lugar secreto y sin límites [entre ambos] es el espacio en la
ficción”28, nos dice el ubetense)
que es el texto, entre el escritor, en calidad de “sujeto del enunciado” y el
lector real como “sujeto concreto de los actos cooperación”29, el primero despliega, pues, todo un
entramado de estrategias encaminadas hacia la comunicación con el segundo, el
cual ha de producirse de manera más directa e inmediata en un género cuya
limitación fundamental es la fugacidad de su extensión.
La
elección del canon narrativo determina los procedimientos a seguir para tal
afán dialógico con el lector, es decir, para activar lo que Gadamer sistematiza
como círculo hermenéutico, mecanismo consistente en una cadena de preguntas y
respuestas entre emisor y receptor, a lo largo de cuyo proceso ambos son, a un
tiempo, entrevistadores y cuestionados. En este caso, el cuento (en su
concepción actual, es decir, como género literario así prescrito hacia finales
del siglo XIX) implica la configuración de una breve trama autosuficiente que
se encamine, desde la primera línea, a producir un único efecto en el lector,
lo cual conlleva la deliberada y minuciosa disposición de todo componente que
haya sido seleccionado, por su necesariedad en la consecución plena de dicho
objetivo, así como la mayor condensación de significación en éste; en este
proceso, entra en juego, como criterio esencial, lo que Anderson-Imbert ha dado
en llamar “concentración” entendiendo por tal concepto aquello que permite
“unidad y originalidad en el arte de sugerir e intensificar el significado de
mínimos incidentes”30.
El
dominio magistral de la técnica cuentística que, en este sentido, nos brinda,
se halla reforzado por su dilatada experiencia como escritor de artículos; él
mismo afirma, a este respecto, que la obligación de adaptar su narración a unos
límites estrechos y predefinidos, por el reto y ejercicio de depuración que
esto supone, le confiere una mayor fuerza creativa y el camino hacia el
encuentro de la propia voz31. Con
tales armas, compone una estructura que, en perfecta concordancia con el
género, se halla exenta de componentes accesorios, ya que, aun la inclusión de disgresiones- tan
propias en la narrativa del autor-, se encuentran orientadas hacia el
reforzamiento de la implicación emocional, por parte del lector, en la historia
y confeccionadas a partir de los mismos principios de síntesis y necesariedad.
Así, la tendencia natural de este autor a dicha dilatación (ya decía Soria
Olmedo que el ubetense está más cerca de la “amplificatio que del tacitismo32”)
,se ve conscientemente adaptada a la extensión conveniente al género,
posibilitando un mayor conocimiento, sobre todo de los personajes y de las
encrucijadas en las cuales se encuentran éstos: de tales “apartes” - mediante
el mecanismo de la analepsis- podemos extraer el caso de “Extraños en la
noche”, donde la recreación distendida, sin prisas, ocupa el mayor espacio
textual del relato y permite un verdadero acercamiento al desgarro sentimental de
los personajes; la mera descripción, que aúna los caracteres más pertinentes
con respecto a la trama de un perfil humano concreto – como las idealizaciones
procedentes de la propia evocación que realiza Santiago Pardo sobre Nélida en
“El hombre sombra”33 (pág.79); o en el presente de los hechos
narrados dentro de una escena estática o de transición –por ejemplo, la
resultante mientras el narrador contempla a Márquez al tiempo que éste observa
la infidelidad insultante de su mujer y ese otro lado del río que
posteriormente pondrá fin a dicha situación y, por ende, en este caso, al
relato (pág. 84).
Otra
vertiente de este mecanismo delata la presencia – que, de hecho, como él mismo
afirma, ha de percibirse tras cada uno de los personajes34- del propio escritor, bien con una
finalidad crítica sobre la sociedad circundante –no olvidemos su actitud,
siempre combativa, como resultado de lo que
Payá denomina “voluntad de compromiso público [...] a todas luces ajeno
y contrario al catecismo posmoderno”35-,
esto es, en lo sociopolítico, y también en lo propiamente literario o cultural,
caso este último del retrato sobre el artista vanidoso en “Las otras vidas” o
del lector anacrónicamente decimonónico que protagoniza “La gentileza de los
desconocidos”; en esta línea, el narrador –máscara, por tanto, más o menos
opaca de Muñoz Molina- también reflexiona acerca de su propio yo, remitiendo
aspectos, ya literaturizados, a partir de la vida y obra del autor36. Por último, el uso de estas disgresio responde a un deseo de transmitir al lector las
sensaciones experimentadas en un determinado espacio, como la recreación de uno
de tantos ámbitos, asfixiantes hasta la náusea, que configuran el “mapa de
carreteras perdidas” de este libro, nos referimos al mercado por el que camina
el protagonista de “Las otras vidas” (pág. 116) cuya angustia se halla
intensificada en la sintaxis mediante la anafórica reiteración obsesiva del
tiempo verbal “vi”.
En
suma, esta personalísima revisión de la convención cuentística, aunque, dada su
naturaleza, tienda “a ahondar” en un sentido más propiamente novelístico, se
ajusta- sin perder un ápice de su voz-, por su moderada recurrencia, su
controlada extensión y una construcción estilística ágil, dinámica, a los
parámetros del género. Gracias a esta suerte de electrocardiograma palpitante
mediante tal alternancia entre brevedad y dilatación, se genera un efecto de
tensión e intensión37 , lo
cual deriva- en estos enunciados mayores- de una sintaxis rítmica, entrecortada
(Payá habla de “swing literario”38) y de
la propia fuerza que transpira el discurso por su rotundidad de contenido y su
capacidad evocadora; este mismo contraste se genera entre la “disgresio” y la
evolución trepidante de la acción en cada relato (recordemos que, en palabras
de Soria Olmedo, el narrador es un medio para “hacer disgresiones que actúan de
contrapunto a la acción”)39, dando
lugar, en suma, a que tales “paréntesis” más demorados actúen “como expansiones
líricas, metafóricas frente al decurso metonímico de la acción”40.
A
partir de esa dialéctica entre información y vertiginoso desarrollo de los
hechos, Muñoz Molina, adquiere el poder de mantener, al fin, la atención del
receptor; sin embargo, tal mecanismo se vería mermado, de no ser por la
apariencia de “instantaneidad o azar”41
resultante de procesos tan concienzudamente entretejidos, unida a la actitud
cercana e intencionadamente subjetiva, que invita al lector a una inmediata y
accesible consumición y lo conduce hacia realidades más complejas.
La
misma finalidad de contraste rítmico y, en este caso, de sentido- teniendo
ambas, como fin último, el diálogo con el lector-, obtiene la dinámica,
vertebral desde el título de la colección (lo terminante de “nada” y la
indefinición que connota ese “otro mundo”) , entre lo concreto y lo
indeterminado, mecanismo que introduce a
éste en un juego –en ocasiones, premeditadamente irresoluble para, en último
término, plasmar la ausencia de contornos entre lo tangible y lo ensoñado- de
certezas momentáneas y expectativas
frustradas, compensado por el hallazgo escurridizo y discontinuo de las
posibles claves que justifiquen la conclusión de cada historia, las cuales, no
obstante, en la mayoría de los casos, sólo se obtendrán a posteriori.
En
primer lugar, hay una tendencia general hacia la ubicación en un espacio,
geográficamente cercano y verídico para el lector –por ejemplo, la mayoría de
los relatos se desarrollan en ciudades como Madrid o Granada que no sólo
resultan muy familiares de por sí, sino que además remiten a la propia biografía
del autor-, y al seguimiento temporal lógico, aspectos estos que, junto a la
normalidad –a veces especialmente monótona, como sucede en “La poseída”- de
personajes y entorno en el que éstos se
mueven, provoca la sensación primera de asistir a una historia de corte
“realista” (valga el término, a pesar de su desemantización actual derivada de
la excesiva plurivocidad que ha ido adquiriendo), puesto que incluso la
irrupción en ese marco de lo fantástico se enmascara, al principio, como ámbito
perfectamente limitado con nuestro mundo lógico; un caso extremo de la
funcionalidad que puede adquirir esta concreción temporal es el que se produce
en “El hombre sombra”, donde el autor intenta, también persiguiendo el interés
del lector, el total acoplamiento entre el tiempo de la narración y la duración
de los hechos, mediante un predominio del sentido teatral sobre el
tradicionalmente narrativo del “decir” trasladando así a dicho destinatario con
ese acercamiento de coordenadas al propio escenario ficcional, en cuerpo y
mente..
En
tal inventario de elementos que nos sitúan, abiertamente, sobre tierra firme,
debemos incluir las referencias anecdóticas que refuerzan esa estabilidad, la
cual, de súbito, se verá quebrada; la tendencia a la concreción también afecta
a los nombres propios, pero, en este caso, más allá de la intensificación de lo
cotidiano, dichos sustantivos personales encierran, por su intenso carácter
connotativo –recordemos la capacidad simbólica e inspiradora que para Muñoz
Molina tiene cualquier denominación propia, ya sea humana o toponímica42-, direcciones esenciales del texto,
algunas evidentes (como la elección de “Santiago Pardo” para un hombre, efectivamente, ingenuo e invisible,
siguiendo el dicho popular que asocia ese tono con lo incoloro y, por tanto,
inexistente) y otras, en palabras de Soria Olmedo, “como imagen confusa que se
extrae de [esas personas]”43; en
este sentido, el autor llega incluso a reiterar insistentemente el nombre y
apellido de un personaje –como el caso del propio Santiago Pardo-, remarcando
la significación del término de cara al lector , siguiendo uno de los grandes
rasgos de estilo que caracterizan la prosa de García Márquez.
Desde
un punto de vista compositivo, dicho énfasis en lo diáfano se ve recalcado por
el “modus operandi” propio del autor, en virtud del cual se da prioridad a la
búsqueda de la expresión precisa y la palabra esencial, como se hace patente-
siguiendo a Alarcos-, en rasgos como la “sistemática adjetivación”44, entre otros, cuyo fin es dotar de la
especificidad necesaria al sustantivo,
dada la contaminación que, en un sentido nietzscheano, sufre éste.
Sin
embargo, en esta “incuestionable” realidad, azarosamente, irrumpe lo fantástico
–ámbito que el autor considera idóneo para el género cuento-45, para recordarnos que la vida no es
más que una “ficción de estabilidad” (“Nada del otro mundo”, pág. 32), a veces,
como huida voluntaria de la rutina (“La poseída”) o consecuencia de una
enfermedad mental (como la esquizofrenia que parece sufrir el protagonista de
“El hombre sombra”), y otras como irreal embestida inesperada de la vida, por
parte de esa “otra realidad” (como la que sufre el protagonista de “Nada del
otro mundo”) o por parte de esos seres cotidianos que se hallan desequilibrados
psíquicamente (como el asesino Quintana en “La gentileza de los desconocidos”).
En
íntima relación con esta ineludible dualidad, el narrador contrasta las
anteriores certezas con un oscurecimiento que, en el espacio, el lector puede visualizar gracias al inventario de escenarios
interiores y exteriores, envueltos por esa misma ambigüedad; tal
indeterminación se hace patente ya desde el discurso de dicha voz enunciativa
–obsérvese la afluencia de expresiones como “supongo” (“Las aguas del olvido”,
pág. 83) o “creo” (“Nada del otro mundo”, pág. 13)- lo cual, con todo, aunque
desoriente al lector, permite el acercamiento cómplice de éste con el narrador
por cuanto ambos se hallan situados en el mismo nivel de conocimiento de la
realidad; en la misma línea de los ejemplos anteriormente citados, se ubican
aquéllas secuencias que, encaminadas hacia la clarificación de un asunto, dejan
la dubitación inicial intacta (“pero él, el inspector, lo había sabido siempre
o tal vez sólo ahora mismo [...]”, “La colina de los sacrificios”, pág. 166),
con lo que el escritor plantea, en primer término, lo irresoluble de la
cuestión en sí y, en un sentido ontológico, esa kantiana limitación del ser
humano en su afán por alcanzar la objetividad.
Asimismo
–acrecentando el lector la desconfianza en lo que su propia razón le indica
pero, al mismo tiempo, recibiendo la equívoca honestidad del narrador-, el
autor apuesta por seguir forjando esa amistad entre desconocidos –similar a la
común que viven los personajes de la colección entre sí- realizando confesiones
muy privadas (“no lo oculto, no se lo he ocultado nunca a nadie”, “Nada del
otro mundo”, pág. 15), haciendo partícipe “indirectamente” de secretos al
lector, los cuales hacen que éste se sienta incluso por encima de otros
personajes (Cadafells, que desconoce su entidad como miembro de un relato,
confía al protagonista algo velado para los demás con ese “sólo usted lo sabrá”
–“Las otras vidas”, pág. 115-); realizando guiños irónicos a éste sobre
cuestiones que sólo ambos conocen gracias al encuentro en ese espacio de la
relectura o simples comentarios privados con cierta comicidad por parte del
narrador (el protagonista de “La poseída” es un hombre tan gris que se halla
“suscrito a una revista de divulgación sanitaria” –pág. 96- o la referencia a la
mala educación de Cadafells al generar sus “episodios sonoros de fontanería”
–pág. 114-).
Con
todo, tal estratagema tiene por finalidad, precisamente, el engaño que, una vez
ganada su confianza, sufre el lector por parte del narrador, ya que-retomando un
ejemplo anterior, si bien aquél se siente partícipe de ese “misterio” para cuya
supuesta revelación incluso se le hace esperar-, una vez llegado el momento en
que Cadafells lo saca a la luz, dicho misterio es elidido, por lo que este
lector deberá esperar a la escena final, y ver, definitivamente, frustrada su
esperanza dado lo inocuo de aquella confesión –recordemos que tan sólo se
refería a que el vanidoso pianista del que todo el mundo hablaba y cuyo
paradero nadie conocía se hallaba tocando ,contra la actitud déspota y clasista
que mostraba a la opinión pública, en un antro cualquiera. En efecto, el
narrador crea en el lector una sensación casi física de andar sobre tierras
movedizas, eligiendo como mecanismo esencial, la ruptura del horizonte de expectativas,
a través de la cual no sólo incita a seguir con avidez y desconfianza las
sorpresas del relato, sino a ese ejercicio de recapitulación, después de la
lectura completa. Estos procedimientos encierran una intención irónica por
parte del narrador, lo cual no sólo agudiza la atención del lector sino que
además constituye un reforzamiento añadido, en determinados casos, hacia la
difuminación de lo que se nos narra; en esta línea, encontramos construcciones
aisladas, al margen de las situaciones producidas entre los personajes de
líneas atrás (“pero aquella
noche no sucedió nada que no fuera imposible”-
las cursivas son nuestras-, pág. 118).
El
motor que instiga a tal presencia activa del lector es, lógicamente, un
detectivesco deseo de hallazgo –significativamente paralelo al que sienten los
personajes de cada cuento, unos por oficio (“La colina de los sacrificios”),
otros por circunstancias adversas que los conducen a ello (“La gentileza de los
desconocidos”) u otros como consecuencia de profundas carencias emocionales
(“La poseída”)- cuyo afán inmediato reside en el descubrimiento de pequeñas
certezas y cuyo fin último persigue la “satisfacción de adivinar lo que todavía
no [se ha] visto”46,
búsquedas que se verán, por igual, quebradas en el transcurso de cada relato,
debido a esa ruptura de lo que parecía categóricamente cierto; para hacer
eficaz y emocionalmente intenso –recordemos que el lector tras la lectura del
cuento ha de sentir saciada su curiosidad mediante la revelación final o la
sugerencia más o menos clara de la misma- este efecto de sucesivos giros,
provocados en el conocimiento del lector, el narrador se sirve de la
indeterminación generada por la propia situación –librándose de toda
responsabilidad manipuladora-, pero que él aprovecha para incrementar, en
silencio, la pérdida de aquél. Así, la narración se halla salpicada, bien por
una serie de secuencias en la que se alimenta una hipótesis a término de las
cuales ésta se verá bruscamente refutada: por ejemplo, en “Un amor imposible”,
donde el magnífico guiño intertextual a El
público de Lorca –reforzado por el propio título del relato y quizá
respuesta a la posible pregunta del lector sobre qué obra se representa en el
relato- mediante esa danza sexual entre el dominante y el dominado, se confirma
con el inesperado final, en la medida que ,dada la tónica general de la
colección, podríamos haber esperado la inclusión de un elemento fantástico o la
exposición de la extrema soledad que vive la protagonista sin más, pero,
probablemente, jamás la utilización de un ámbito que, sin embargo, encaja, en
efecto, a la perfección en ese afán de aunar el conflicto entre lo ficticio y
lo cotidiano.
Otras
veces, el final sí viene anunciado en estas intermitentes claves, bien
compensadas con pistas de signo opuesto hasta el giro último –como en “Nada del
otro mundo”, donde el autor se vale de la confusión que sufre el protagonista
para alternar datos que reflejan lo ilusorio de lo vivido con aquéllos que,
gradualmente, lo encaminan hacia el convencimiento de una experiencia
paranormal -, bien solitaria pero, en la mayoría de los casos, intencionalmente
revestida de irrelevancia –caso del momento en que el protagonista de “La
poseída” se percata de que su amor platónico es la única persona que en verano
viste con ropa invernal, sin que el narrador ofrezca margen alguno de duda en
el texto, más allá de lo que, por sí mismo, pueda intuir el lector (porque, de
hecho, puede resultar muy evidente) para llegar a la verdadera razón de tal
comportamiento-; vemos cómo incluso el dato que, en una primera lectura, podría
resultarnos más improcedente para la resolución de la trama, resulta
determinante. En este mismo sentido, el narrador evoca conceptos –por ejemplo
la mitología del Leteo, en “Las aguas del olvido”- que son de obligada
referencia para el lector mínimamente avezado –como el nombre de dichas aguas
en el mundo clásico-, creando uno de tantos espacios de indeterminación a
rellenar por dicho destinatario hasta que, finalmente, esta casilla vacía sea
ratificada en su solución por el propio texto; en general, dado que el autor
sitúa al narrador desde una perspectiva posterior a los hechos –lo cual no
impide que el presente de la narración y
el de los propios acontecimientos lleguen a coincidir en un punto de la historia
como sucede en “Nada del otro mundo”-, estas claves suelen trazarse como
prolexis –equívocas o certeras, falsas o auténticas- concebidas, de hecho, de
tal forma cuando el personaje adopta conscientemente el rol de narrador (“se
acordará de la noche en que nuestra tertulia en el Royal Café se prolongó”,
pág. 141), en calidad de suposiciones –como los intentos que hace el
protagonista de “Si tú me dices ven” por explicarse racionalmente la pesadilla
que vive, pág. 175- poniendo en juego la audacia del propio personaje en mitad
del conflicto, o como mezcla de ambas –caso del detective de “La colina de los
sacrificios” el cual, sin intención de exponer a nadie la sospecha que lo
inquieta, dice que el sospechoso “no tiene cara de asesino”, pág. 151-, anticipando
la resolución final de la trama; otro elemento en la misma línea es la
inclusión constante de partículas durativas sintácticamente aisladas, en las que se entrevé el camino señalado por
el narrador (“por ahora”, pág. 103). Como contrapunto, el hecho puede suceder
ante nosotros y, a continuación, ser explicado para que lo entendamos, tal como
sucede con la retrospectiva que hace el protagonista de “Nada del otro mundo”
con dos propósitos, el de explicar al lector su primera reacción –algo que ya
se ha apuntado- y el de dar cuenta de la causa que motiva su odio hacia Juana
Rosa.
Sin
embargo, al margen de cómo se urda la trama para sorprender, aun ofreciendo
mediante esa indefinición distintos posibles, hay una constante: ninguna de
estas vías a escoger, incluso la que verdaderamente anticipa el final –aunque
sea hacia la ambigüedad irresoluble del mismo-, no concede al lector, en un
principio, una plena satisfacción( entendiendo tal sensación sólo como
resultado de hallar una respuesta unívoca), dado que la acción abandona el seguimiento de la historia en su
punto culminante, provocando un desenlace sugerente, pero que queda ocultado
bajo una última incógnita en torno a la
cual, en realidad, había girado todo el texto desde el inicio; no obstante, tal
“falta de resolución”47
también constituye, gracias a la forma en que se textualiza, en “desenlace
formal” por sí mismo, de lo que se desprende que cuando “algo termina, empieza
el silencio”48.
Este
espacio esencial de significación, cuya importancia es reiterada por Muñoz
Molina49, se halla profundamente vinculado a la
condensación propia del género –donde esto resulta, como en el poema, más
evidente- y a la indeterminación cuya presencia supone un componente axial de
esta serie cuentística, constituyendo, además, una de las herramientas
esenciales –de ahí su potenciación, por ejemplo, en los finales abiertos o
semiabiertos que pueblan la colección- para la implicación activa del lector en
el texto.
Con
todo, creemos preciso puntualizar que, este desenlace, se halla disfrazado
desde el principio, dando lugar a un esquema identificable por lo que Soria Olmedo denomina “comienzo
indudable” y “final definitivo”50, es
decir, una estructura en la que el inicio de la acción está lo más cerca
posible de su final51; son
reveladoras las palabras de Payá Beltrán cuando, a tenor de esto, habla del
“componente suspense” en Muñoz Molina, considerándolo también una especie de
“juego [obviamente y sobre todo con el lector] en la medida que éste no depende
tanto de la postergación del desenlace como del conocimiento por parte del
lector de información desconocida para los personajes”, esto último en forma de
ejemplo ya aludido líneas atrás52.
Con
respecto al valor que en los relatos de Muñoz Molina tiene la configuración de
un final inesperado, el ubetense alega que dicho rasgo no se debe a una
exhibición gratuita, sino que, a pesar de admitir su eficacia53, lo que le interesa es su
instrumentalización como vía hacia el aprendizaje del lector, dado que, en
realidad, es necesario recordarlo, tal sorpresa viene preparándose desde el
principio del relato; la praxis
de esta concepción del cuento en clave didáctica tiene lugar con la anécdota de
Don Palmiro en “El cuarto del fantasma” cuyo desenlace, en verdad, se ubicaría
en la enseñanza que él acuña una vez terminada la exposición, dando lugar a
todo un “enxiemplo”, y constituyendo, de este modo –también por el deseo de
calmar los ánimos que anima al sabio a relatar su vivencia- uno de los
elementos que, a lo largo de este análisis iremos recogiendo como señales de
ese regreso al origen que propugna el autor; con esta misma intención Muñoz
Molina dota a la serie de aspectos reiterados cuya finalidad es crear, dentro
de la ficción, un espacio de veracidad en el cual introducir el elemento
fantástico como parte –visible o no- de tal cotidianeidad, propugnando la idea
lorquiana de que lo ficticio y lo tangible son dos formas de realidad
igualmente creíbles. Mediante tal confrontación, pretende recuperar el concepto
de leyenda, lo cual se deduce de que ambos polos se entremezclen equívocamente,
creando una ilusión de irrealidad sin límites identificables (Anderson-Imbert
define la leyenda como cauce intermedio entre historia y ficción, uniéndola
además al cuento por la común tensión dramática y la temática de lo fantástico54) y, por tanto, proponiéndonos aceptar
todo el conjunto como trasunto de nuestro propio mundo, también de contornos
imprecisos.
Otros
aspectos que ponen de manifiesto dicha apuesta por la esencia originaria del
género forman, asimismo, parte de esa coral de elementos dirigida a la
comunicación con el lector; nos referimos a las interpelaciones que el
narrador, en una actitud genuinamente trovadoresca, entona para un abstracto
colectivo (“¿quién de vosotros [...]?” –en esta apelación general el tú
individual también se siente aludido-, pág. 103), inicia la narración con una
introducción tópica (“la historia que debo contar [...]”, Id.) o detallando la
ubicación espacio-temporal con exactitud (véase también el comienzo de “Otras
vidas”, Id.).
Del
mismo modo, en este caso, como diálogo directo con la tradición literaria, el
narrador busca introducir e incluso hacer intervenir al lector en tal
conversación; con este fin, incluye la referencia a emblemas como el propio Quijote – recordemos la
reelaboración, también al inicio del relato, de una de sus secuencias míticas
en la página 106-, símbolos como el ya mencionado del Leteo (o la propia
búsqueda que se hace significativamente en el mismo capítulo de la etimología
que da lugar al nombre del río Guadalete, conectando además tradición y
presente) o, conduciéndonos expresamente hacia la literatura en su origen oral,
el nombre de raigambre medieval Palmiro Sejayán (cuyo relato ha sido también
visto por Rodríguez-Fischer como “cordial homenaje de Muñoz Molina a los
narradores orales”55); en
cuanto a la presencia de la intertextualidad, Baquero Goyanes afirma que la
conexión con el lector, además de explicarse por las competencias gramatical y
cultural comunes, reside, al margen de dichos guiños literarios, en la
“intersubjetividad humana”56, lo
cual implica que el diálogo con el receptor sea mayor y se halle por encima del
conocimiento específico en ciertas materias.
Junto
a este tipo de puntos de encuentro que el narrador establece con ese lector
–aún virtual, dada la limitación obvia de la escritura con respecto a la
transmisión oral-, los textos se encuentran interconectados por redes en forma
de personajes, ambientaciones o acontecimientos, de lo cual nos interesa
subrayar su poder lúdico y emotivo en el lector, ya que le permiten rememorar
relatos anteriores de la colección, conocer más en profundidad este
microuniverso cuentístico apasionante y, sobre todo, implicarse con los hechos.
Con el mismo sentido último de retorno hacia los inicios de la literatura (como
ese juego de palabras entre los dos significados indistintamente usados del
verbo “comptar” en “Marino calculó
la historia completa”- la cursiva es nuestra-, pág. 95)57 se sitúa, de entrada, en la creación
del cuento literario y, a partir de ahí, introduce la metaficción, práctica que
se despliega en torno a dos ámbitos: su protagonismo en la misma historia y lo
que se ha dado en llamar “fenomenicidad”58
–todo un ejercicio de estilo sería, en este plano, “Borrador de una historia”.
La
vigencia del cuento dentro de la narración (ficción dentro de la ficción)
constituye uno de los rasgos permanentes y caracterizantes de la serie; por un
lado, el autor crea algunos seres cuyo único motivo de existencia en la novela
es el de narrar (conscientemente) una historia –como sucede a Palmiro, en cuyo
caso se recupera además la tertulia literaria, la literatura como medio de
reunión, o a la propia voz enunciativa del narrador en un plano superior- u
otros que, por circunstancias determinadas, de súbito, asumen este mismo rol,
aunque, en tal caso, la narración, al no tener visos de ficción alguna, es
elidida, esto es, se deja constancia de ella pero no se “muestra”, que diría
Anderson- Imbert: recordemos el momento en que Ivonne cuenta lo sucedido al
protagonista de “Las aguas del olvido” (pág. 89) aunque se incluya algún
fragmento de tal conversación; dentro de este grupo, el caso de personajes como
el camarero de “La poseída” o el camionero de “Nada del otro mundo” sería
especial, ya que, en tales intervenciones, se halla la resolución final de los
respectivos misterios.
Tal
diferencia en el tratamiento hacia un expositor u otro enlaza con la idea, tan
reiterada por Muñoz Molina, de que la vida por sí misma no puede mediante la
mera trascripción convertirse en literatura (obsérvese lo dicho por Ivonne al
respecto –“muchas veces yo he pensado en escribir mi vida [...].Sería una
novela”, pág. 84- o la tajante expresión del detective de “Borrador de una
historia –“los mejores argumentos no son los que inventa uno, sino los que
vienen en la sección de los sucesos”, pág. 193).
Frente
a tal idea, otra facción de los personajes –que haría las veces de reflejo
“ex-contraris” con respecto a lo que se espera del lector real con el cual sí
comparte este colectivo la afición por la letra escrita o contada-, se
presenta como esa parte de la sociedad
aficionada a los libros pero anclada en un gusto decimonónico por cuanto
folletinesco, característica que explica el perfil psíquico de cada uno de
ellos (Muñoz Molina nos demuestra hasta qué punto es relevante la lectura y las
referencias en este campo), lo cual se nos muestra, significativamente, en la
cómica reacción del personaje –por ejemplo, Quintana, catalogado como “víctima
de la pobreza y del romanticismo del el cine y la televisión”, “La gentileza de
los desconocidos, pág. 215- ante las anécdotas personales que Walberg le narra
(“como uno de esos folletines románticos de la televisión [...] que provoca las
lágrimas de su oyente”, pág. 208) o la ausencia de criterio que predomina en
lectores como el protagonista de “La poseída”. Un segundo tipo de éstos serían
aquéllos a través de cuya entidad el autor vuelca esa reflexión metaliteraria
–dando pie a la exposición de sus propios planteamientos creativos- mediante el
ejercicio común de la escritura; estos personajes debemos analizarlos a la luz
del segundo ámbito, superior al ya mencionado por su carácter reflexivo acerca
del hecho literario en sí, pero incluido igualmente en este primero puesto que,
en ambos casos, se está proyectando la presencia de la literatura en la
existencia humana y conectando dicha representación, dentro de la ficción, con
la realidad concreta e inmediata. La indagación de estos personajes recala en
aspectos como los entresijos del quehacer literario o mostrando el envés
“físico” del propio relato que estamos leyendo, los procesos mentales que laten
bajo la composición de éste; en tal sentido, resulta ineludible apuntar la
naturalidad con que el narrador protagonista de “Nada del otro mundo” expone
todo un repertorio de dudas y temores a la hora de configurar el relato, el
desfase –con una intención hiperbólica- existente entre la velocidad inferior
de la imaginación con respecto a la de la escritura artificial, la incidencia
en dicho proceso de su estado anímico, el misterioso mecanismo que conduce al
hallazgo literario (“palabras que no estoy seguro de escribir yo”, pág. 30),
incluso la contienda que –dado su nerviosismo- ha de librar contra su propio yo
para mantener su concentración, viéndose obligado a retomar una y otra vez el
hilo (“pero sin darme cuenta he ido más
lejos y ahora debo apresurarme a volver”, pág. 32), en un discurso que nos trae
a la memoria los mecanismos desplegados por Sábato en El túnel; en ocasiones, asistimos a la fusión de esa plena
conciencia sobre la naturaleza del relato que nosotros leemos y la técnica
anteriormente estudiada de la prolepsis, de lo cual se infiere la doble
funcionalidad –con respecto a la línea propiamente metaficcional y al conocimiento
acerca del devenir de la trama- de tales reflexiones, en un principio ajenas a
la acción principal (“el final ya no va a retrasarse”, “Nada del otro mundo”,
pág. 71).
Ajenos
al cultivo literario en cualquiera de sus facetas, se halla otra serie de personajes
cuyo estado de extremo abandono los sitúa en el peldaño más bajo de una
escalera siempre descendente en la que descansan, un poco más arriba, aunque no
mucho más, el total de los seres que integran el microuniverso de Nada del otro mundo; de este modo, el
estado límite de dichos personajes –como el que muestra la mujer, cuya
presencia no quiere recordar el protagonista de “Extraños en la noche”,
esgrimiendo argumentos como “dame una copa o moriré” (pág. 132)- se convierte
en la materialización hiperbólica del sentimiento que transpira el resto de la
sociedad, siendo éstos curiosamente los únicos –quizá por haber perdido incluso
“el último metro”, esto es, la capacidad y el deseo mínimos de imaginar- que no
muestran interés alguno, ni siquiera por la narración de una anécdota
(obsérvese que la actitud vital de los personajes se mide en función del
interés que muestran hacia todo lo relativo al objeto literario). Son, por
tanto, seres que vagan (con esa dimensión fantástica del libro que refuerza tan
cruda imagen) buscando la evasión más primaria y vacía, tal como puede ser el
alcohol.
Tales
presencias entroncan, de este modo, con
el componente fantástico que impregna todo el conjunto, cumpliendo así éste la
doble función de, por un lado distorsionar lo cotidiano y por el otro
metaforizar esa “no-existencia” que sufre el individuo; aunque también se
manifiesten entes paranormales con carácter individual (como la supuestamente
fallecida Susana que se hace sentir terroríficamente en la casa de “Si tú me dices
ven”) o, en una imagen de extrema pesadilla y muñequización (“parecen no tener
cuerpo ni relación alguna con el mundo exterior”, “Nada del otro mundo”, pág.
58), grupos numerosos de existencia vacía, mecánica y perfiles borrosos
–curiosamente, espectadores carentes de interés o inquietud alguna que asisten
a una conferencia (como la de “Nada del otro mundo”) o a una función teatral
(dando lugar en este último caso a una imagen profundamente lorquiana –aún más
si tenemos en cuenta el protagonismo de este público en “Un amor imposible”-);
tal simbiosis entre lo mágico-terrorífico y lo ensoñado crea incluso una
difuminación de contornos que, en ocasiones –y siempre intencionadamente-, no
permite delimitación alguna y nos obliga así a admitir nuestra incapacidad como
seres potencialmente imaginativos.
Con todo, estos individuos acumulan, en su yo
más íntimo, la necesidad vital de comunicarse, tal como se muestra en esos
simbólicos, además de aterradores, arañazos en la puerta cerrada (obsérvese
cómo la importancia de este elemento es puesta sobre la mesa por boca de
Walberg cuando dice que “abrir puertas es uno de los actos que más repetimos en
nuestra vida”, “La gentileza de los desconocidos”, pág. 244) tras la cual se
encuentra paralizado por el pavor el protagonista (como en “Nada del otro
mundo”o “Si tú me dices ven”), trasunto del uso obsesivo del teléfono
(recordemos el protagonista de “El hombre sombra” –cuando atribuye su
comportamiento a ese otro yo que “la rehuye el cobarde. Está ahí y no quiere hablar
con ella”, pág. 79) o el del ordenador, a falta de receptores inmediatos, en
“Nada del otro mundo”. Los personajes que utilizan compulsivamente dichos
elementos son aquéllos que, aun enfermos de la misma soledad, bien por
pertenecer, desde el enfoque fantástico, al mundo de los vivos, bien desde una perspectiva
simbólica, no han perdido esa capacidad de imaginar que se remonta a los
orígenes de nuestro propio periplo vital tal como nos recuerda el autor59; dentro de este inventario de “objetos
fetiche” hemos de recordar la presencia de otros elementos, con el mismo
significado de entrada o conexión con el más allá pero, al mismo tiempo, quizá
con esa realidad que se prefiere eludir, como, por ejemplo, la ventana, lo cual
se muestra en “Las aguas del olvido” donde, a través de la misma el marido
asiste al engaño aparentemente impasible mientras divisa el río con intenciones
que serán determinantes al final de la trama. Con todo, tanto la ventana como
el espejo o la puerta también son concebidos por Muñoz Molina como herramientas
metafóricas de comunicación (“ [la literatura]es una ventana [más allá del
horizonte] y también un espejo [hasta lo más íntimo de nuestro yo]”60; artilugios como el teléfono –que crean una mayor
irrealidad dada la lejanía espacial y la incorporeidad de la voz escuchada al
otro lado- constituyen un puente de comunicación con esa dimensión alternativa
en un sentido dilógico: tanto por la presencia de lo paranormal como por la
soledad física y -en ocasiones, emocional- que encierra dicho medio. Los
teléfonos que presiden la colección muñozmoliniana, pues, son aquellos “que
suenan para nadie en las habitaciones vacías” (“El hombre sombra”, pág. 80)
tales como el de Santiago Pardo o el de Guzmán.
Esta
pervivencia de la ilusión a la que nos estamos refiriendo conlleva, no
obstante, el permanente regreso a la realidad excepto en aquéllos que ya se
encuentran dañados psíquicamente, lo cual no deja de ser significativo (como el
cuadro psicológico de Quintana). Sin embargo, por contra, tal ilusión calma la
sed vital inmediata de esos individuos, siendo la capacidad de inventar
historias, en cuyo reparto ellos figuran como protagonistas, la última tabla de
salvación ante el profundo agujero negro
que se aloja en su yo interior; tal proceso exige, para su pleno
disfrute, olvidar el carácter irreal de dicha vivencia, lo cual los llena,
víctimas como son de un solipsismo, primero forzoso y luego, por falta de
valentía y fuerza, acogido como innato o natural, a concebir su desesperada
búsqueda del “otro” en lo desconocido como un trabajo detectivesco, oficio que,
de hecho, encontramos realmente en dos protagonistas (“La colina de los
sacrificios” y “Borrador de una historia”). Dada la extrema urgencia de
contactos –amistosos o pasionales, nunca realizados-, tales individuos, en el
trascurso de esta programada fantasía –en la que a pesar de todo siempre se
duda sobre el “instante en que tendrían fin la mentira y la simulación” (pág.
76)- asumen una actitud muy peculiar aunque válida con respecto a la función de
un cuentista cualquiera; el conflicto se general cuando, ya perdida la
capacidad para vislumbrar el horizonte que media entre ese continuo “relato
íntimo” y el entorno en el que vive (es decir, la quijotesca traslación de lo
literario a componente de la realidad), se produce el choque frontal con el
mundo –recordemos la confusión que vive, tras haber sido refutada su
investigación con una certeza científica el detective de “La colina de los
sacrificios”- y así el sueño se extingue, irremediablemente, un sueño que
siempre tiene como núcleo a u desconocido, nunca a sí mismo; con todo, la
convivencia forzada consigo mismo, deriva en la aparición de un elemento que,
como el teléfono o los arañazos contra la puerta antes comentados –también
imágenes constantes en las que se superpone sobre un objeto cotidiano un
significado de incomunicación-, nace (en una vertiente simbólica) como trasunto
de la más profunda soledad: el espejo, el cual puede connotar una forma trágica
–dada la soledad que su uso implica- de sentirse acompañado el individuo
(“andaba Santiago Pardo mirándose [...] en los espejos de las tiendas,
eligiendo, alternativamente, el lado derecho
o el izquierdo [...]”, “El hombre sombra”, pág. 75), pero también como
enemigo que le muestra, al igual que hace con su rostro, la cruda realidad de
su vida (véase “Un amor imposible”, pág. 181) o, como muestra palmaria de
cobardía y aislamiento, cuando el sujeto en cuestión “ni siquiera ve su propia
cara en los espejos” (“Extraños en la noche”, pág. 135); bajo el ejercicio de
espejamiento, sobre una superficie que le devuelve al individuo su misma imagen
invertida, late el problema de la otredad, la disgregación del ser humano como
consecuencia de su estancia en una sociedad cada vez más desarraigada y cosmopolita,
explicando también este sentido profundo del conflicto el estado de los
personajes (véase como ejercicio magistral sobre este tema de la otredad “El
hombre sombra”).
Al
igual que Santiago Pardo, acudiendo a citas imaginarias y recibiendo llamadas
que, por la incidencia de ese componente fantasmagórico nunca son para él, sino
para –según su juicio- una especie de alter
ego enemigo que actúa a través de su propio cuerpo, pero de cuyos
comportamientos no recuerda nada (“el otro, Mario, debió urdir una disculpa
inútil”,dice el narrador trasladando las suposiciones al protagonista, “El
hombre sombra”, pág. 77), estos individuos son capaces de abstraerse y
recluirse en el coto privado de su propia invención, transformando dichas
señales provenientes de la realidad –como amenazas que son contra la
estabilidad de ese mundo ficcional dolorosamente edificado- en componentes
inocuos, incluso positivos, para la continuación del sueño; tal capacidad de
alienación viene, en muchas ocasiones, reforzada por el consumo de sustancias
entumecedoras del cerebro, como el alcohol y por el poder devastador del
insomnio (véase “Si tú me dices ven”) a lo cual se añade la aparición
inesperada del hipotético sueño (Id.), hábitos comunes a todo el repertorio
humano de Nada del otro mundo
y, por extensión, de la sociedad que, en
sus “escasas” líneas, se halla audazmente reflejada ; sin embargo, en ese
proceso decadente, también encontramos, dentro de la galería muñozmoliniana,
personajes –ya aludidos- cuya situación les hace sentirse progresivamente más
cerca de la propia demencia (“estoy volviéndome loco”, pág. 149), siendo, a
este respecto, muy sutil y revelador el título del último relato (“La gentileza
de los desconocidos”), en el que se aúnan la demencial soledad del asesino
Quintana, que busca la compañía en los labios que extrae de sus víctimas, y la
desesperada locura de Blanche Dubois.
No
obstante, tal decadencia hacia el olvido más terrible se halla también en otra
de las reflexiones constantes que acucian a estos personajes, esto es, su
invisibilidad casi incorpórea como respuesta al abandono y a la indiferencia
que los demás le procuran (“Se disolvió en la sombra, como si alguien hubiera
dejado de pensar en él. Por eso cuando sonó el teléfono, su cuerpo y su
conciencia cobraron forma otra vez”, “El hombre sombra”, pág. 77) o la
deshumanización paulatina (tras realizar el acto amoroso con alguien a quien
ama y no le corresponde –aunque se eluda la circunstancia de que ese alguien es
una actriz, la cual se limita a desempeñar su papel sobre el escenario-, éste
afirma que “ya no soy humano, no tengo nombre”, “Un amor imposible”, pág. 189);
es decir, somos en la medida que existimos para los demás, que algún individuo,
aunque sea uno solo (incluso imaginario) nos “piensa y enumera”, que (de nuevo)
diría Benedetti. He aquí el punto en el que confluyen, para Muñoz Molina, la
vida solitaria de sus personajes y la literatura: “el sentimiento de
inexistencia”61 –que se hace extensivo
desde los personajes en un sentido existencial y también como creadores hacia
el sentimiento del propio autor- como resultado de la ausencia lectora –tanto
en el microuniverso de Nada del otro
mundo como en el espacio real del autor, de lo cual se infiere que “leer
algo que hemos escrito y que nadie ha leído aún es como mirarnos por la mañana
en el espejo, sabiendo la cara
que vamos a encontrar y sabiendo que no es la verdadera”62. Con tal afirmación, el autor no sólo
sintetiza el significado que, aplicado a la expresión artística, tiene el
abandono como elemento nuclear de toda la colección, sino que muestra al
lector, en carne viva, los estragos que provoca su “no-asistencia” a esa cita
entre el libro y él, proporcionando a éste un poderoso telescopio con el que
acercarse- como el personaje hitchcokiano- a las miserias humanas, pero también
al ansia con que el autor aguarda tras éstas su atención.
En
conclusión, podemos dilucidar, ante tal mosaico de voces en “sombra”, que
dichas presencias buscan, como se hace evidente por parte de los distintos
narradores en cada cuento, a un “otro” que no está en el espacio ficcional, un
ser que debe esperarlas más allá, por lo
que, en la psique del propio lector, dada la implicación emocional que el autor
le ha inyectado y por ser éste el único que en tal mar de soledades contempla
devocionalmente a los personajes, se genera un sentimiento de complicidad con
aquéllos y un compromiso simbólico.
En
cuanto a los posibles compañeros de viaje que estos personajes encuentran en su
breve estancia por la páginas de Muñoz Molina, la función de éstos es
acrecentar hasta la extenuación este estado; así, percibimos esa dilógica
disertación que el protagonista de “Un amor imposible” en la que él se refiere
al orgasmo sexual pero también, de forma intencionada, a la indiferencia que en
tal situación le supondría la llegada de la muerte (“lo fácil que sería
abandonarse a ese instante final que ella pide y posterga”, pág. 188); por otro
lado, en “Extraños en la noche” se acepta la soledad como causa lógica de la
muerte física, esta vez no sin indiferencia (“miedo a que también él se vea
exterminado algún día por la soledad”, pág. 135)
Tal
coyuntura, es independiente, en determinados casos, de la compañía o su
ausencia, puesto que ésta no se tiene por sincera pasión, sino por “inércica”
dependencia, -como es el caso del agotado matrimonio de “Las otras vidas” y del
resto de parejas, que parecen converger
en el mismo relato, con idéntico fin- o
necesidad espontánea de contacto sin un objetivo concreto o, al menos, no
esperado por el lector –como en encuentro entre esos “extraños en la noche”,
los cuales, en contra de lo previsible, ni siquiera se ven movidos por un
instinto sexual muchas veces frustrado, sino por algo tan inocente como una
conversación banal o tan desesperado como el alcohol-; una de las excepciones
en que, presumiblemente, existe un amor auténtico, mutuo y “real” –aunque tal
naturaleza, en este libro, deba afirmarse siempre, como se desprende de la
constante ambigüedad, con un vestigio de duda- es la situación de “Si tú me
dices ven”, donde, vemos, de forma significativa, un vital proyecto común de
pareja truncado por la introducción del componente fantástico, el cual
transforma –quizá porque también desde siempre fue imaginado- la ansiada
compañía en irremediable soledad. En el trasiego monótono de estos olvidados
individuos, la búsqueda de cariño puede verse alimentada por un gesto
impreciso, por un comentario intrascendente de mano de cualquier desconocido
(obsérvese el efecto balsámico, de emoción verdadera, que producen en Marino
las triviales palabras del camarero –pág. 199-) o el apego a los únicos seres
que, aunque por cuestiones meramente circunstanciales e incluso nada
agradables, encuentra con cierta asiduidad (recordemos al inspector, que “se
acordaba del acusado con la melancolía de quien añora a un amigo perdido”, “La
colina de los sacrificios”, pág. 166). En fin, recogiendo unas certeras
palabras de Soria Olmedo, lo que tenemos ante nosotros tras asistir a este
escenario al cual entran y del que salen tan particulares personajes es “la
mutua y solidaria máscara de la desesperación, de un doble espanto en el que
cada uno de ellos seguía estando infinitamente solo, condenado y perdido”63. la dialéctica permanente que el autor
establece entre ellos con respecto al tándem realidad-ficción (en cuya
confusión viven y conviven) adquiere, por tanto, un cariz de castigo perpetuo e
irrefutable, sin que esto impida que el lector no sólo reaccione
solidarizándose con este llanto universal, sino que además, tal sentimiento de
equívoco, en el que se ahogan los personajes, atraviese las fronteras de la
ficción y se instale en el clima emocional que rodea a éste; de este modo, la
lectura toma forma como experiencia espiritual, necesaria para todo individuo
–a nivel personal y a nivel colectivo, tal como se infiere de la presencia de
ambos modelos (aunque el segundo mediante la transmisión oral)-, lo cual se
hace doblemente eficaz por la cercanía de los personajes que, de hecho, también
pasan la mayor parte del tiempo desempeñando una actividad lectora o receptora,
aunque, en muchos casos, sólo lo hagan escuchándose a sí mismos, dando lugar a
la conversión de ese lector real en “el protagonista y personaje único de un
relato en el sólo sucedía su actitud de lector”64.
Tanto es así que, al margen del correlato trágico que encierra a los individuos
de la obra Nada del otro mundo
en un espacio-tiempo -tan remoto y ultraterreno como el que habitaban Juana
Rosa y Funes en el primer relato de la serie-, apartando esa dimensión más
psicológica, pero al mismo tiempo también comprometida socialmente, lo que nos
queda, en esencia, es una “selva de lectores” en diálogo con y entre la
tradición y la modernidad hacia la cual Muñoz Molina dirige sus “pasos
perdidos”; tal ejercicio a cuya marcha nos invita el autor, no obstante, sólo
será posible si aprendemos, sin perder de vista el norte, la realidad, ni nos
recluimos -también como los personajes-
a una vida de anhelos que se agotan en su propia evocación mental-, a gozar de
esa doble soledad acompañada en la que confluyen lector y escritor, es decir,
propia del “beatus ille” (calma controlada de placentero autoconocimiento) y
del soñador, capaz de poner en marcha la imaginación –y así espiritualizarse-
en medio del urbano trasiego de cada día65.
Sin
embargo, por encima de todos, hay en esta obra una llamada persistente hacia el
disfrute de la vida, lo cual, eso sí, alcanzará su cénit gracias a nuestra
capacidad de imaginar, explicando, además, la afirmación del autor cuando
sentencia que ni el lector ni el autor se conforman con la mera recreación
ficcional66; “la literatura es
[pues] un atributo de la vida y un arma de la inteligencia y la felicidad”67, siendo la conexión aquí planteada
entre el dinamismo existencial y la creación literaria especialmente
significativa en el cauce cuentístico, dada esa cercanía “de la espontaneidad
de la vida” a la que hacía mención Anderson-Imbert68, por lo que resulta éste –recordemos
su capacidad educativa- el marco idóneo para experimentar la lectura como fuente
inagotable de conocimiento frente a las limitaciones de lo racional; en este
sentido, resulta revelador el hecho de que los doce cuentos que componen esta
colección se articulen en torno a avatares motivados por las emociones de los
individuos –esenciales, en ocasiones, primarios-, apenas caracterizados, y por
ello universales. No obstante, a pesar de la quizá inusitada profundidad
psicológica de los personajes en un género “demasiado breve” cuyo eje es la
pura acción, tal acción es la que los determina, por lo que aun recreando la
imaginación de éstos mundos superpuestos al real, son los cambios de este
entorno los que dan lugar al desarrollo de un universo ficticio, es decir,
estos seres son, en cierto modo, más testigos que actantes, cualidad que se deriva,
bien de la fuerza con que los correspondientes imprevistos externos se
precipitan sobre ellos, bien porque su actitud, de entrada, se restringe al
paroxismo.
Una
vez analizadas las claves que nos han llevado a elegir como objeto nuclear del
estudio la presencia del lector en Nada
del otro mundo y el protagonismo de dicho aspecto en la narrativa breve
de Muñoz Molina, avancemos, pues, en las consecuencias que tal certeza implica
hasta el punto de hallar –como ya se ha ido vaticinando- en esta obra toda una
poética de la narración breve como vehículo idóneo para la recuperación de este
papel –imprescindible, para que tal reconquista sea posible- y de los orígenes
históricos y psicológicos, siguiendo la división establecida por
Anderson-Imbert69, de la literatura. A
continuación, pues, encaminaremos este entramado cuentístico hacia las
conclusiones que de cuyo estudio se desprenden.
Partimos
de una afirmación realizada por dicho estudioso según la cual se define el
cuento “como intuición concreta de una acción que no es real sino posible”70 en un sentido aristotélico; de tal
afirmación se desprende, en primer lugar, la asunción por parte del autor de
los preceptos clásicos (“yo no he elegido esas influencias: he sido empujado
hacia ellas por una mezcla de azar y necesidad” nos dice Muñoz Molina71, establecidos ya por Poe (“la unidad
de efecto o impresión [sólo es posible a partir de escritos más breves] una
única impresión o efecto concebido antes de idear sucesos, personajes,
situaciones, con el propósito de plasmar dicho efecto [...] que de al
espectador un sentido de plena satisfacción”72)
y, por tanto, el rechazo de propuestas más rupturistas, que teóricos como
Anderson-Imbert denominan “anticuento”73.
de hecho, a lo largo de estos doce relatos, Muñoz Molina realiza un perfecto
compendio de las técnicas tradicionales del cuento explotando, además, al
máximo, la esencia que, más allá de la brevedad –rasgo más evidente pero
también insuficiente para una caracterización del género-, propone este género
desde su primera configuración como entidad literaria, dado que, a pesar de su
consideración meramente popular hasta finales del XIX, existe una conciencia
creativa que es muy anterior; en este sentido, Anderson-Imbert considera que ya
en los albores del relato breve éste era concebido y compuesto por un autor
individual, con plena conciencia de tener que crear un producto estético cuya
finalidad fuera la satisfacción del auditorio74.
Así,
Muñoz Molina, en cuanto a los componentes que ocupan el espacio de la ficción,
presenta subrelatos, enmarcados en una diégesis cohesionada con éstos –como el
que, mediante analepsis, entreteje el protagonista de “Nada del otro mundo” u
otros cuyo armazón superior refleja las condiciones tradicionales para el
desarrollo de una exposición, esto es, la conversación de “El cuarto del
fantasma”; otra idea tradicional –esta extensiva a otros géneros- es el tópico
del sabio anciano y su discípulo, representado aquí por la relación entre
personajes como Palmiro y Walberg con respecto a los jóvenes tertulianos, en el
primer caso, y al ignorante Quintana, en el segundo; José-Carlos Mainer alude a
la técnica del inicio resumen también como vía hacia la recuperación de ese
origen (“[este] es, en el fondo, la reliquia de los arranques épicos que, antes
de entrar en cuestión anunciaban a los lectores u oyentes lo sustancial de la
trama”75), lo cual se manifiesta en la mayoría
de los relatos –caso, por ejemplo, de “Extraños en la noche” donde la primera
línea encierra el gran enigma cuyo interés suscitará la ávida lectura del texto
(“habría dado cualquier cosa por no encontrar la foto en el periódico”, pág.
121) o en la ubicación detallista que se ofrece en “Si tú me dices ven” (véase
pág. 173)-; de la misma forma, observamos el recurso de incluir una sentenciosa
conclusión a modo de enseñanza y referencia a la propia tónica de la serie (en
“La gentileza de los desconocidos” cuando se dice que “la rapidez [...] con que
lo normal se vuelve monstruoso y lo familiar desconocido”, pág. 223); no deja de
ser significativo, en esa afán por contrastar, a la manera tradicional, los
límites entre realidad y ficción, la presencia de noticias, como en “La
poseída”, “Extraños en la noche” o “La gentileza de los desconocidos”
-que, en la realidad del propio espacio ficticio, ponen en duda dicho
horizonte entre esta primera nota de cotidianeidad y un espacio de, digamos,
“subficción”, proporcionado por la inventiva de los personajes.
En
segundo lugar, con respecto al plano externo, del autor, una vez planteadas las
técnicas – analizadas a medida que el propio estudio nos lo ha ido pidiendo-
debemos añadir que, incluso ese carácter combativo ya comentado, encuentra su
correlato histórico en el arraigo que
hacia el siglo XIX tuvo el periodismo en la creación del cuento, lo cual generó
una literatura socializante76,
adquiriendo en la obra de Muñoz Molina una doble dimensión, como tendencia
propia del escritor dado su arte y su compromiso, y como eco proveniente de la
tradición cuentística. Tal implicación se vincula, además, a la concepción de
la literatura para el autor como medio de subsistencia en lo personal y como
instrumento de actividad socio-cultural (“yo no me dedicaría a la literatura si
no creyera que tiene una función práctica”77)
Sin
embargo, más allá de tipificados esquemas formales o meros aspectos temáticos
hay – como hemos visto- una apuesta decidida por parte del autor hacia la
“praxis”, personal y brillante, de los preceptos fundamentales que posibilitan
la máxima eficacia del cuento, siguiendo, en este caso, no ya un evidente
camino hacia el origen –recordemos los guiños hacia literaturas pretéritas o el
valor mismo que otorga a la literatura previa de los clásicos – sino hacia la
purificación de la propia expresión, el cultivo del silencio como eje de todo
buen cuento; tal concepción posibilita la presencia de una “tercera dimensión
espacial” –en sus propias palabras-78,
tan necesaria entre las estrechas paredes –en cuanto a extensión- del cuento; a
tenor de esto, decía Jankélévitch que “la infinitud espacial del discurso
obliga al escritor a sugerir más allá de las palabras al lector, a comprender
entre líneas”79. En este sentido,
resulta ineludible una cita del ubetense en la que define “nombrar [como]
contarlo todo con una sola palabra [...] los espacios en blanco son los que
dejan siempre entre nosotros el desconocimiento y los que ocupa la imaginación”80; de este modo, el autor otorga a la
absoluta esencialidad del texto escrito –que es una sola palabra- indefinida
capacidad significativa y, al mismo tiempo, en el plano del silencio, nos
invita a embestir los “intersticios”,
que diría Eco81, o casillas vacías, concediéndoles la
misma multiplicidad de sentido (“[palabra y silencio] crean líneas simultáneas
de significación que adquieren su única resonancia posible en la conciencia del
lector”82). De hecho, si el potencial de la
palabra seleccionada provée al lector de un campo significativo siempre por
agotar, la ausencia literal de la misma, carece incluso de esa referencia
codificada que es la partícula textual, por lo que su plurivocidad es, en este
sentido, mayor, puesto que “no alude [ya] a la riqueza de la elocuencia sino a
las posibilidades interpretativas que descubre una imitación ausente”83; la colección de relatos que da lugar
a Nada del otro mundo se
configura, así, en base a los principios de “indeterminación” –término
propuesto Ingarden, según el cual “la obra literaria es un objeto propiamente
intencional y heterónomo, esto es, resulta dependiente de un acto de conciencia
tanto de las objetividades reales como puramente ideales”84- y de espacio textualmente vacío; nos
hallamos, pues, ante una composición gráficamente prosística que encierra un
talante creativo de raigambre poética. Este ejercicio de la indeterminación, se
halla compensado por la multiplicidad de significados relegada a un estadio
latente pero conectada a la superficie del texto mediante un hilo casi
invisible, conexión que da lugar a percibir en esa dimensión patente, el
concepto de condensación; a este respecto, el autor disemina toda una red de
procedimientos y expresiones, tales como la inclusión de distintas voces
enunciativas en un mismo párrafo, sin punto y aparte, jugando con los distintos
cánones posibles a través de los cuales la literatura puede plasmar lo dicho
por un personaje desde el tópicamente decimonónico estilo indirecto libre hasta
la anárquica mezcla de voces sin especificación alguna, es decir, sólo
reconocibles en su procedencia por el contexto; las continuas elipsis (“la
elipsis es el gran aprendizaje de un novelista”, nos dice el autor85) sustituida por una mínima referencia
del narrador al contenido eliminado; las propias secuencias de sentido ambiguo
ya aludidas; el escaso número de rasgos físicos utilizado –algo de lo que el
mismo autor se hace cargo-, lo cual se compensa por el poder evocador de los
nombres propios –las connotaciones necrológicas de “Funes”, la extracción
social y perfil psicológico común sugerido por los anglosajones nombres de
“Ivonne” y “Charlie”, el irónico contenido del que el propio narrador se hace
eco, sobre “Inma”, etc.-. Tal condensación genera, por principio, la presencia
del silencio, por lo que el lector ha de convertir ese estado de
indeterminación resultante mediante la concretización entendida como “actividad
cognitiva” en la cual se rellena el esqueleto que, desde este enfoque, resulta
ser la obra literaria86; en
este magistral ejercicio de esencialización, la actividad del lector no es
imprescindible para la mera reviviscencia del texto sin más, sino para la
constante reconstrucción, en cada espacio-tiempo, de sus posibles
interpretaciones, tarea duplicada en textos que, como este, catalogamos sólo a priori, como abierto(en lo sucesivo
concluiremos que, por la propia apariencia de apertura que crea, al hallarse en
realidad generada por todo un sistema coherente, se trata de un texto cerrado).
La naturaleza de tal consideración reside en esa maquinaria pesada –entiéndase sin connotaciones negativas- que
sostiene esta fantástica e inexplicablemente poco difundida colección, cuya
actividad abarca y es origen de todo el texto, tal como se infiere de la
perfecta simbiosis entre la temática esencial del conjunto (el cuestionamiento
en cuanto a los conceptos de realidad y ficción) y su expresión formal (la
constante ambigüedad).
El
enfrentamiento con respecto a la represión que podría imponer, de entrada, un
texto cerrado, no tiene lugar en esta obra, puesto que se trata de un texto en
cuya cerrazón alberga, como piedra angular, un juego dinámico con el lector;
sin embargo, esa ilusión de apertura implica también una transformación de
todos los parámetros constitutivos del relato, por lo que, a pesar de ser un
texto plenamente codificado(en cuanto que circuito perfecto), no esboza,
aparentemente, un lector modelo definido. De este modo, el autor debe –como lo
demuestra el inventario de técnicas empleado con una intención muy concreta-
presuponer, prever, los posibles perfiles en base al lector ideal interno (él
mismo), es decir, de acuerdo con unas directrices personales, y al externo –que
viene a saciar las urgencias del primero en la medida que el autor concibe la
literatura como “casi revolucionaria declaración de principios”87, pero siempre como vehículo de
comunicación práctica con el lector
histórico (encarnación variable según las coordenadas en que éste se halle con
respecto al lector ideal externo). A partir de esta presunción, el autor
ejecuta su obra, creando –dado que, como lectores, tenemos la sensación primera
de que plantea un esquema abierto- una parcela controlada de libertad, ya que
–como recordaba Peirce, aunque las opciones en potencia pueden ser infinitas,
“el discurso introduce una limitación”88;
así –como podemos observar de forma paradigmática en los finales, desde esta
perspectiva lectora e inicial, abiertos que dominan en Nada del otro mundo-, aunque tal control se haga patente en
todos los mecanismos que articulan este hábeas cuentístico, el narrador nos
capacita de todas las herramientas necesarias para establecer indecisamente
varios desenlaces (“Nada del otro mundo”) o con convicción defender uno sólo
(“La poseída”), todo ello en función de la información que se nos haya ido
proporcionando. Sin embargo, ya sea el cuestionamiento que, a grandes rasgos,
vertebra el libro entre realidad y ficción, entre vigilia y sueño (en “Si tú me
dices ven”, dada la alternancia ente el insomnio y la pesadilla, la elección se
hace más espinosa) o por el mero equívoco expresivo (en “Un amor imposible” ese
“como si se quitara el uniforme
al terminar su trabajo”- pág. 189- cuando ya creíamos real el hecho de que
ambos fueran actores en la escena final de una función teatral); el autor no
ceja de mantener una mínima simultaneidad de respuestas posibles por parte del
lector, igualmente válidas, promoviendo, no sólo la permanente relectura del
texto –por tanto, haciendo posible la pervivencia del hecho literario y con
ella la finalidad última del mismo- sino, además, elevando (y por ello
demostrando) el conflicto del yo universal que se siente anónimo e incapacitado
ante la realidad de las dimensiones cognitivas a las cuales accede (recordemos
que, según Muñoz Molina, “los demás y nosotros mismos somos una mezcla de
realidad y ficción en virtud del modo en que los elaboran nuestra mirada y
nuestra imaginación”89).
Frente
a esta tónica general, encontramos relatos en los que la cerrazón es mayor y,
sin embargo aún así, se hallan plagados de puntos difusos que, no obstante,
permiten una resolución lógica de la historia; en esta línea, por ejemplo, se
encuentra “Las otras vidas” o “La poseída”, siendo este segundo caso doblemente
interesante por presentar un desenlace que el lector puede explicarse con
claridad gracias a los datos suministrados, pero en el que se le priva de toda
mención explícita en un texto que, por este motivo, constituye una prodigiosa
“perífrasis compositiva sin solución” (es decir, sabemos perfectamente lo que
sucede pero el autor con extrema sutileza y característico dominio de la
palabra, logra evitar toda concesión en forma de referencia expresa o expresión
meramente denotativa).
A
tenor de esta frase magistral sobre la tensión entre la posibilidad y el límite
de la misma, Eco –a modo de ratificación, quizá demasiado extensa pero, en todo
caso, necesaria- con respecto al punto discursivo en que nos encontramos-, que
en tal texto se debe “armonizar el reconocimiento de la libertad de las
interpretaciones y el del código textual, por el expediente de sostener que la
libertad interpretativa que el lector lleva a término tiene en el texto el
horizonte de su posibilidad, toda vez que el propio mecanismo generativo del
texto literario tiene previstas las descodificaciones que un lector modelo
realiza”90.
Así,
el propósito final será “que por muchas que sean las interpretaciones posibles,
unas repercutan sobre las otras de modo tal que no se excluyan, sino que, en
cambio, se refuercen recíprocamente”91;
esta complementariedad tiene lugar, por ejemplo, y sólo de forma
representativa, en “La gentileza de los desconocidos” donde, tanto si el
asesino es Quintana como si es Walberg –duda provocada y mantenida hasta el
final- somos capaces de ver reforzado el sentido del texto a partir,
precisamente, de la propia indecisión, de modo que ambas opciones se alían en
la exposición que el narrador quiere hacernos sobre la ambigüedad de las
apariencias a nivel individual y con
relación a la extraña amistad que se establece entre ellos; tal dualidad
permite enriquecer nuestro conocimiento de esa “gentileza” que la protagonista
de “Un tranvía llamado deseo” presuponía en los desconocidos.
Por
todo lo dicho, a aquella triple esencia del escritor habría que añadir, como
condición ineludible para que éste pueda considerarse tal de forma plena
(recordemos que “sin el lector la literatura no existe”92, algo dicho por muchos autores pero
pocas veces con esta integridad teórica y práctica), la presencia activa y
físico-emocional del lector que, frente a una “literatura de simulacros” –cuyo
único fruto es la evasión narcotizante que conduce a la pasividad- elige una
“literatura lúcida”93.
En
torno a esa “sólida sociedad secreta”94
que, sin saberlo, constituye el inventario humano de esta sorpresiva y
sorprendente compilación, se despliega todo un macrosistema de paraísos
perdidos y cercanos –de corte, en su mayoría, nocturno y marginal- cuyo corrupto
aire, a veces en forma de energía paranormal, enturbia el ánimo e impulsa, como
mecanismo de defensa contra lo misterioso del mundo y contra la soledad, hacia
el refugio de la imaginación; ésta se desarrolla en la mente de los personajes
a partir de una indiscriminada formación libresca -ignorando y casi olvidando
los contornos de la impasible e inexorable realidad-, todo ello en unos
márgenes tempoespaciales inmediatos (el alcance horario suele ser escaso y los
escenarios, cotidianos) conectando con esa veracidad que tradicionalmente
postuló el esquema inicial de lo que sería el cuento y, a la vez, remoto por
ser un mundo casi siempre atravesado por constantes vitales inconcebibles
dentro de la ordinaria existencia del hombre, viéndose esto reforzado por el
trasunto mítico que tales presencias suelen tener (recordemos la confluencia
entre pasado y presente históricos que se produce en relatos como “Nada del
otro mundo”, “La colina de los sacrificios” o entre el estadio temporal creado
por la fantasía a partir de una lectura mal asimilada y el ahora real como
“Borrador de una historia”). Al margen del aislamiento y la resignación –cuyo
último reducto es esa capacidad de inventar, literariamente o no- que traspira
cada página de Nada del otro mundo-,
al margen de la meditación consecuente, el autor nos invita a un juego (desde
la raíz, la conexión con el origen del cuento es total) en el cual el gran
placer (para el lector real y para el propio autor) es el de contar y escuchar,
siendo partícipes directos de cada historia y oyentes, en la misma medida, de
doce anécdotas inolvidables, en las cuales, frente a la brevedad del género, en
un sentido, digamos, horizontal, se ofrece
un camino vertical hacia los subterfugios del yo, siempre inabarcable,
siempre receloso de ofrecernos el último enigma. Tal esquema da lugar a la
configuración de una serie de creaciones autónomas cuyas redes establecen una
serie de puntos recurrentes y la superposición de posibles soluciones hacia la
nunca saciada ni completa “tangibilidad” de cada historia, siendo dicha
comparación real y significativa aunque secundaria para unos textos
detenidamente pulidos; se trata, pues, a pesar de la apertura innegable que
líneas atrás hemos destacado –siempre vaticinando su posterior matización- como
rasgo esencial de cada cuento en cuanto que “collage” –eso sí, indefinido pero
artesanalmente diseñado- de posibilidades de un conjunto narrativo cuyos
miembros ofrecen, desde tal perspectiva, una estructura perfectamente
codificada, sin negar, dentro de ella,
la apertura antes defendida como propósito intencionado.
Este
juego tan necesitado de la presencia lectora recala en toda una demostración
“empírica” –es decir, más allá de su virtualidad como texto procedente de una
mente creadora- acerca de la relatividad que encierran la invención como engaño
y, de la misma forma, la irrefutabilidad de lo aparentemente real; dicho
planteamiento se halla íntimamente relacionado con el desolado ejercicio
evasivo de ensoñación que realizan de forma incesante los personajes, todo ello
envuelto y explicado por una sociedad kafkiana y apocalíptica –uno de los
grandes temas del XX- de rutinas y vacíos emocionales, cuya recreación,
totalmente nueva y personal por esa confluencia de ambos extremos (lo ordinario y concreto con lo extraño, de
naturaleza incognoscible) generada a partir de la inusitada vigencia que en tal
mundo cobra la lectura (de baja calidad en el espacio ficcional frente a la que
consume apasionadamente el autor), la cual respira, incansablemente, bajo los
andamiajes de este espacio. La lectura penetra, así, en todos los engranajes de
la acción como antídoto necesario –aunque en convergencia con Alonso Quijano
peligrosamente sensible a la dislocación de la perspectiva- contra la
deshumanización progresiva; tal actividad encierra, además, un viaje de
autoconocimiento que provea de una autenticidad cuya recuperación tiene un
propósito humano, que no meramente cultural –aunque es obvia la consideración
de la cultura como enriquecimiento insustituible- esto es, la comunicación
directa de las partes más íntimas que conforman el yo y que se esconden,
aterrorizadas, ebrias de desconfianza y desidia existenciales. De tal forma,
Antonio Muñoz Molina, para hacernos revivir, tras haber perdido nuestra memoria
histórica- lo cual también repercute en este abandono del cuento- y,
consecuentemente, el apasionamiento lúcido por la vida, desea, ávido de mostrar
la literatura como acto compartido y siempre insaciable, “ver caras atentas y
reconocerlas [como] una manera de regresar a la médula más antigua de la
ficción: alguien cuenta algo y alguien lo escucha”95.
BIBLIOGRAFÍA
-
ANDERSON-IMBERT, Enrique, Teoría y técnica del cuento,
Barcelona, Ariel, 1992 (1ª ed.)
-
BAQUERO GOYANES, Mariano, Qué es la novela. Qué es el cuento, Universidad
de Murcia, 1988 (1ª ed.)
-
BENEDETTI, Mario, El ejercicio del criterio, Madrid,
Alfaguara, 1995 (1ª ed.)
-
BLOCK DE BÉHAR, Lisa, Una retórica del silencio, Méjico,
Siglo veintiuno editores, 1984 (1ª ed.)
-
ECO, Umberto, Lector in fabula, Barcelona, Lumen, 1993 (3ª ed.)
-
ENCINAR y PERCIVAL, “Introducción” a Cuento español contemporáneo, Madrid,
Cátedra, 1993 (1ª ed.).
-
GARCÍA MONTERO, Luis y MUÑOZ MOLINA, Antonio, ¿Por qué no es útil la literatura?, Madrid, Hiperión, 1993 (1ª
ed.)
-
MAINER, José-Carlos, La escritura desatada, Madrid, Temas
de hoy, 2000 (1ª ed.)
-
MARTÍN NOGALES, José Luis, “La edición
y difusión del cuento”, Ínsula,
num. 568, Madrid, Abril, 1994
-
MUÑOZ MOLINA, Antonio, Nada del otro
mundo, Madrid, Espasa Calpe, 1993 (1ª ed.)
-
MUÑOZ MOLINA, Antonio, Escrito en un instante, Palma de
Mallorca, Calima, 1997 (1ª ed.)
-
MUÑOZ MOLINA, Antonio, Pura alegría, Madrid, Alfaguara,
1998 (1ª ed.)
-
MUÑOZ MOLINA, Antonio, Beltenebros (Ed. José Payá Beltrán), Madrid, Cátedra, 2004 (1ª ed.)
-
POZUELO YVANCOS, José María, “La teoría
literaria en el XX”, Curso de teoría
literaria (dirigido por Darío Villanueva), Madrid, Taurus, 1994 (1ª ed.)
-
POZUELO YVANCOS, José María, “Teoría de
la narración”, Curso de teoría
literaria (dirigido por Darío Villanueva), Madrid, Taurus, 1994 (1ª ed.)
-
RICO, Francisco, Historia y crítica de la literatura española,
vol. 9/1, Barcelona, Crítica, 2001 (1ª ed.)
-
RODRÍGUEZ-FISCHER, Ana, “Materia y forma en los relatos de Muñoz
Molina”, Ínsula, Num 568,
Madrid, Abril, 1994
SORIA OLMEDO, Andrés, Una indagación incesante: la obra de Antonio
Muñoz Molina, Madrid, Alfaguara, 1998 (1ª e
[1] Antonio Muñoz Molina,
Pura alegría, Madrid, Alfaguara, 1998 (1ª ed.), pág. 22
2 Ibídem,
pág. 75.
3 Situación
ante la cual el autor manifiesta, de forma reiterada y visceral, su rechazo.
4 Véase José
Luis Martín Nogales, “La edición y difusión del cuento”, Ínsula, num.
568, Madrid, Abril 1994 y Encinar y Percival, “Introducción” a Antología del
cuento español contemporáneo, Madrid, Cátedra, 1993 (1ª ed.).
5 Martín Nogales, José Luis, op. Cit., pág. 7.
6 Tal es el
motivo por el que tampoco hay una razonable comunidad lectora de lírica,
género, en este aspecto, tan conectado con el cuento.
7
El autor, en repetidas ocasiones, reniega de tal marbete, afirmando además que
“la ideología tóxica y halagadora de la posmodernidad quiere
convencernos de que no hay nada que no sea dudoso y trivial, lo cual nos
concede en el fondo la posibilidad de no sentirnos nunca afectados por las
cosas [...]”, Pura alegría, op. Cit., pág. 101 (la cursiva es nuestra).
8 Véase VVAA,
Historia y crítica de la literatura española, vol. 9/1, Barcelona,
Crítica, 2002, pág. 260.
9 Véase
Antología del cuento español, op. Cit., pág. 35.
10 Luis
García Montero y Antonio Muñoz Molina, ¿Por qué no es útil la literatura?,
Madrid, Hiperión, 1993 (1ª ed.), pág. 73.
11 Pura
alegría, op. Cit, pág. 14.
12 Ibídem.
13 Ibídem,
op. Cit. págs. 77-78.
14 En este
sentido, Muñoz Molina constituye un buen ejemplo de “libertad creativa” según
afirma José Payá Beltrán en su “Introducción” a Beltenebros, Madrid,
Cátedra, 2004 (1ª ed.), págs. 18-20.
15 Andrés
Soria Olmedo, Una indagación incesante: la obra de Antonio Muñoz Molina,
Madrid, Alfaguara, 1998 (1ª ed.), pág. 27.
16 Pura
alegría, Op. Cit, pág. 203.
17 Ibídem,
pág. 204.
18 Andrés
Soria Olmedo, op. Cit., págs. 32-33.
19 Antonio
Muñoz Molina, “Prólogo” a Nada del otro mundo, Madrid, Espasa-calpe,
1993 (1ª ed.), pág. 9.
20 Ana
Rodríguez-Fischer, “Materia y forma en los relatos de Muñoz Molina”, Ínsula,
Num 568, Madrid, Abril, 1994, pág. 22.
21 Mario
Benedetti, El ejercicio del criterio, Madrid, Alfaguara, 1995 (1ª ed.),
pág. 18.
22 Andrés
Soria Olmedo, op. Cit., pág. 100.
23 Ibídem.
24 Pura
Alegría, op. Cit., pág. 44.
25 Ibidem,
pág. 68.
26 Ibidem,
pág. 51.
27 ¿Por
qué no es útil la literatura?, pág. 69.
28 Pura
alegría, op. Cit., pág. 76.
29 Umberto
Eco, Lector in fabula, Barcelona, Lumen, 1993 (3ª ed.), págs. 89-90.
30 Enrique Anderson-Imbert, Teoría y
técnica del cuento, Barcelona, Ariel, 1992 (1ª ed.), pág. 22.
31 Antonio Muñoz Molina, Escrito en un
instante, Palma de Mallorca, Calima, 1997 (1ª ed.), pág. 7.
32 Andrés Soria Olmedo, op. Cit., pág.
23.
33 Todas las notas pertenecientes a Nada
del otro mundo se citarán por la edición de 1995 en Espasa-Calpe ya
reseñada, por lo que me limitaré a incluir la indicación de la página entre
paréntesis.
34 “El escritor verdadero también es [no
sólo el protagonista sino] cada uno de los demás personajes [...] porque se
retratan al inventar y dibujar a otros y porque tiene la extraña cualidad de
ser él mismo y cualquiera”, Pura alegría, op. Cit., pág. 42.
35 José Payá Beltrán, op. Cit., pág. 29.
36 De hecho, él mismo recoge una cita de
Bioy Casares en la que el amigo de Borges afirma que “por las disgresiones
entra la vida en la literatura”, “Prólogo” a Nada del otro mundo op. Cit., pág. 10.
37 Como señalan Percival y Encinar, op. Cit., pág. 19.
38 José Payá Beltrán, op. Cit., pág. 100.
39 Andrés Soria
Olmedo, op. Cit., pág. 63.
40 Andrés
Soria Olmedo, op. Cit., pág. 63.
41 Percival
y Encinar, op. Cit., pág. 193.
42 También este ámbito se explica, como
razón esencial, la presencia activa del lector, afirmando el propio autor que
“el nombre importa tanto porque es la cara que ve el lector del
personaje [...]”, ¿Por qué no es útil la literatura, op. Cit., pág. 49.
43Andrés
Soria Olmedo, op. Cit., pág. 30.
44 Cito por
la edición de José Payá Beltrán, op.
Cit., pág. 102.
45 “El cuento, por lo común, impone
menos, parece más propicio para la tentativa o la aventura, incluso para la
ironía o para lo fantástico [...] [el] espacio natural [de lo
fantástico] es el relato breve o la novela corta”, “Prólogo” a Nada del otro
mundo, op. Cit., pág. 10 (las cursivas son nuestras).
46 Enrique Anderson-Imbert, op. Cit., pág.
94.
47 Enrique
Anderson-Imbert, op. Cit., pág. 94.
48 Lisa
Block de Béhar, op. Cit, pág. 244.
49 Pura
alegría, op. Cit. , pág. 50.
50 Soria
Olmedo, op. Cit., pág. 34.
51 Enrique
Anderson-Imber, op. Cit., pág. 22.
52 José Payá
Beltrán, op. Cit., pág. 100.
53 Pura
alegría, op. Cit., pág. 32.
54 Enrique
Anderson-Imbert, op. Cit., pág. 28.
55 Ana
Rodríguez-Fisher, op. Cit., pág. 23.
56 Mariano
Baquero Goyanes, Qué es la novela. Qué es el cuento, Universidad de
Murcia, 1988 (1ª ed.), pág. 98.
57 Véase
Baquero Goyanes, op. Cit., pág. 99.
58 Percival
y Encinar, op. Cit., pág. 23.
59 ¿Por
qué no es útil la literatura?, op. Cit., pág. 53.
60 Ibídem, pág. 57.
61 Pura
alegría, op. Cit., pág. 73.
62 Ibídem.
63 Andrés
Soria Olmedo, op. Cit., pág. 65.
64 Pura
Alegría, op. Cit., pag. 77. Muñoz Molina afirma, además, que hace una
versión ficticia de cada lector real “pero verdadero, al que agrego una voz”,
ibídem, pág. 71.
65 Ibídem,
págs. 76-77.
66 Pura
alegría, op. Cit., pág. 101.
67 ¿Por
qué no es útil la literatura?. Op- cit., pág. 52.
68 Enrique Anderson-Imbert, op. Cit., pag.
22.
69 Ibídem,
pág. 20.
70 Ibídem,
pág. 28.
71 Pura
alegría, op. Cit., pág. 206
72 Cito por
Percival y Encinar, op. Cit., pág. 16.
73 Enrique Anderson-Imbert, op. Cit., pág. 19.
74 Ibídem,
pág. 21.
75 José-Carlos Mainer, La escritura desatada, Madrid, Temas de hoy,
2000 (1ª ed.), pág. 255.
76 Mariano
Baquero Goyanes, op. Cit., pág. 143.
77 ¿Por
qué no es útil la literatura?, op. Cit., pág. 216.
78 Pura
alegría, op. Cit., pág. 81.
79 Cito por
Lisa Block de Behar, op. Cit., pág. 217.
80 Pura
alegría, op. Cit., pág. 50.
81 Umberto
Eco, op. Cit., pág. 76.
82 Pura
alegría, op. Cit., pág. 81.
83 Lisa
Block de Behar, op. Cit., pág. 241.
84 Cito por
José María PozueloYvancos, “La teoría literaria en el XX”, Curso de teoría
literaria (dirigido por Darío Villanueva), Madrid, Taurus, 1994 (1ª ed.),
pág. 87.
85 Pura
alegría, op. Cit., pág. 81.
86 Estudios
de Ingarden recogidos por José María Pozuelo Yvancos, op. Cit., pág. 87.
87 ¿Por
qué no es útil la literatura?, op. Cit., pág. 216.
88 Cito por
Humberto Eco, op. Cit., pág. 86.
89 Pura
alegría, op. Cit., pág. 40.
90 Palabras
de Umberto Eco recogidas por José María Pozuelo Yvancos, op. Cit., pág. 89.
91 Umberto
Eco, op. Cit., pág. 84.
92 Pura
alegría, op. Cit., pág. 19.
93 ¿Por
qué no es útil la literatura?, op. Cit., pág. 56.
94 Pura
alegría, op. Cit., pág. 19
95 Pura
alegría, op. Cit., pag. 20